18 jun. 2010

La Vetusta Morla

Cuánto tiempo siguió vadeando, vadeando simplemente, no lo supo nunca Atreyu. Estaba ciego y sordo. La niebla se hacía cada vez más espesa y tenía la sensación de caminar en redondo desde hacía horas. No prestaba atención a donde ponía el pie y, sin embargo, nunca se hundía más arriba de la rodilla. De una forma incomprensible, el signo de la Emperatriz Infantil le mostraba el verdadero camino.


Entonces se encontró de pronto ante la falda de una montaña alta y bastante empinada. Subió por las agrietadas rocas y trepó hasta su cumbre redonda. Al principio no se dio cuenta de qué estaban hechas aquellas rocas. Sólo cuando llegó arriba del todo y echó una ojeada alrededor vio que eran enormes placas de cuerno, en cuyas grietas y hendiduras crecía el musgo.


¡Había encontrado la Montaña de Cuerno!


Sin embargo, no sintió ninguna satisfacción por aquel descubrimiento. El fin de su fiel caballito hacía que aquello lo dejara casi indiferente. Ahora tenía que descubrir quién era y dónde estaba aquella Vetusta Morla que vivía allí.


Mientras estaba aún pensando, sintió de pronto que un ligero estremecimiento recorría la montaña, y luego oyó un tremendo resoplar y chasquear y una voz que parecía venir de las entrañas más profundas de la tierra:


-Mira, vieja, algo bulle por ahí sobre nosotras.


Atreyu se apresuró a dirigirse al final de la cresta de la montaña, de donde venía la voz. Sin embargo, resbaló en una alfombra de musgo y empezó a patinar. No pudo agarrarse a nada, se deslizó cada vez más aprisa y finalmente se despeñó. Por suerte, cayó en uno de los árboles que había abajo. Sus ramas lo sostuvieron.


Atreyu vio ante sí una gigantesca caverna en la montaña, en la que el agua negra salpicaba y chapoteaba, porque algo se movía allí dentro, saliendo lentamente. Sólo cuando hubo salido del todo se dio cuenta Atreyu de que era una cabeza unida a un cuello largo y arrugado: la cabeza de una tortuga.


Sus ojos eran grandes como charcos negros. Su hocico chorrea-ba fango y algas. Toda aquella Montaña de Cuerno -Atreyu lo comprendió de pronto- era un único y monstruoso animal, una formidable tortuga de pantano: ¡la Vetusta Morla!


Entonces se oyó aquella voz jadeante y gorgoteante:


-¿Qué haces ahí, pequeño?


Atreyu cogió el amuleto de su pecho y lo sostuvo de forma que los ojos grandes como charcos de la tortuga pudieran verlo.


-¿Sabes qué es esto, Morla?


Pasó un rato antes de que ella respondiera:


-Mira, vieja... ÁURYN... Hacía tiempo que no lo veíamos, el Signo de la Emperatriz Infantil... Hacía tiempo.


-La Emperatriz Infantil está enferma -repuso Atreyu-. ¿Lo sabías?


-Nos da lo mismo, ¿no es cierto, vieja? -respondió la Morla. Parecía hablar consigo misma de aquella forma peculiar, quizá porque no tenía a nadie con quien hablar, quién

sabe desde hacía cuánto tiempo.


-Si no la salvamos morirá -añadió Atreyu más apremiantemente.


-Bueno -respondió la Morla.


-Y con ella se hundirá Fantasía -exclamó Atreyu-. La aniquilación llega ya a todas partes. Yo mismo la he visto.


La Morla lo miró fijamente con sus ojos enormes y vacíos.


-No tenemos nada en contra, ¿verdad, vieja? -gorgoteó.


-¡Moriremos todos! -gritó Atreyu-. ¡Todos!


-Mira, pequeño -respondió la Morla-, ¿qué nos importa? Nada tiene importancia ya para nosotras. Todo da lo mismo, exactamente lo mismo.


-¡También tú serás aniquilada, Morla! -gritó Atreyu furioso-. ¡También tú! ¿O es que crees que, por ser tan vieja, sobrevivirás a Fantasia?


-Mira -gorgoteó la Morla-: somos viejas, pequeño, demasiado viejas y hemos vivido bastante. Hemos vivido demasiado. Para quien sabe tanto como nosotras nada es importante ya. Todo se repite eternamente: el día y la noche, el verano y el invierno..., el mundo está vacío y no tiene sentido. Todo se mueve en círculos. Lo que aparece debe desaparecer, y lo que nace debe morir. Todo pasa: el bien y el mal, la estupidez y la sabiduría, la belleza y la fealdad. Todo está vacío. Nada es verdad. Nada es importante.


Atreyu no supo qué responder. La mirada gigantesca, oscura y vacía de la Vetusta Morla paralizaba su mente. Al cabo de un rato la oyó hablar de nuevo:


-Eres muy joven, pequeño. Nosotras somos viejas. Si fueras tan viejo como nosotras sabrías que no hay nada más que tristeza. Mira: ¿por qué no hemos de morir tú, yo, la Emperatriz Infantil, todos, todos? Todo es sólo una apariencia, un juego en la Nada. Todo da exactamente lo mismo. Déjanos en paz, pequeño, y vete.


Atreyu recurrió a toda su fuerza de voluntad para contrarrestar el entumecimiento que le producía la mirada de la Vetusta Morla.


-Si tanto sabes -dijo-, también sabrás en qué consiste la enfermedad de la Emperatriz Infantil y si hay para ella remedio.


-Lo sabemos, ¿verdad, vieja? Lo sabemos -resolló la Morla-, pero da lo mismo que ella se salve o no. Por lo tanto, ¿por qué tendríamos que decírtelo?


-Si realmente te da lo mismo -la apremió Atreyu-, también podrías decírmelo.


-Podríamos también, vieja, ¿verdad? -gruñó la Morla-. Pero no tenemos ganas.


-Entonces -exclamó Atreyu- no es verdad que todo te dé lo mismo. ¡Ni siquiera tú crees lo que dices!


Durante mucho tiempo reinó el silencio, y luego Atreyu oyó unos gorgoteos y regüeldos profundos. Debían de ser una especie de risa, si es que la Vetusta Morla podía reír todavía. En cualquier caso, dijo:


-Eres astuto, pequeño. ¡Vaya! Eres listo. Hacía tiempo que no nos divertíamos tanto, ¿verdad, vieja? ¡Vaya! También podríamos decírtelo. No hay ninguna diferencia. ¿Se lo

decimos, vieja?


Hubo un largo silencio. Atreyu esperaba impaciente la respuesta de la Morla, sin interrumpir con sus preguntas los lentos y desesperantes pensamientos de ella. Por fin, la tortuga siguió hablando:


-Tú vives poco, pequeño. Nosotras vivimos mucho. Demasiado. Pero los dos vivimos en el tiempo. Tú poco. Nosotras mucho. La Emperatriz Infantil existía ya antes que nosotras. Pero no es vieja. Ella es siempre joven. Mira: su existencia no se mide por tiempo, sino por nombres. Necesita un nombre nuevo, siempre un nombre nuevo. ¿Sabes sus nombres, pequeño?


-No -reconoció Atreyu-. Nunca los he oído.


-Es que no puedes haberlos oído -respondió la Morla-. Ni siquiera nosotras podemos recordarlos. Y, sin embargo, ha tenido muchos. Pero todos se han olvidado. Todos han pasado. No obstante, sin nombre no puede vivir. La Emperatriz Infantil sólo necesita tener un nuevo nombre para ponerse bien. Sin embargo, no importa si se pone bien o no...


Cerró sus ojos grandes como charcos y empezó a recoger lentamente la cabeza.


La Historia Interminable. Michael Ende, 1979.

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