19 oct. 2008

La Mujer Emparedada

Cierta noche de invierno del año 1868 llamaron a la puerta de la casa número 4 de la calle Marqués de Mina, próxima a la parroquia de San Lorenzo y donde vivía Ésteban Pérez, maestro albañil.
Abrió la puerta el hombre, que ya estaba acostado rezongando entre dientes que le llamasen a una hora decente y se encontró con un caballero bien portado, cubierto con chistera y envuelto en vistosa capa, que muy cortesmente le dijo: -Maestro, ¿podría usted hacer ahora mismo un pequeño trabajo que es muy urgente?
El hombre pensando que la molestia le reportaría natural ganancia, respondió: -Siendo cosa urgente, no puedo negarme, aunque no es hora agradable para trabajar. Lo malo es que no vamos a encontrar materiales porque los polveros están cerrados.
- No se preocupe por ello, que ya está previsto el yeso y la cal que serán necesarios. Recoja usted sus herramientas que es lo único que se precisa.
Hízolo así el maestro albañil, y salieron. En la esquina de Sta Clara había un coche de caballos, el caballero invitó al albañil a subir pero le advirtió:
-Le pagaré muy bien su trabajo, pero la condición es que habrá usted de ir con los ojos vendados.
Y como el maestro manifestase cierta repugnancia a ella, el caballero sacó de entre la capa un revólver y poniendoselo en el pecho le dijo:
-Puede usted elegir entre el oro y el plomo.
Ante tan poderosos argumentos, el albañil, encomendándose a Dios se dejó vendar con un pañuelo negro de seda que el caballero le apretó fuertemente, cerrando las ventanas del carruaje para asegurarse de que no pudiera ver nada.
Anduvieron durante mucho rato, el albañil trataba de adivinar por las vueltas que daba el coche doblando esquinas, el itinerario que enseguida perdió el hilo de las calles.
Debieron entrar en una carretera pues era lugar empedrado, al cabo de mas de una hora volvieron a lugar pavimentado. Por fin se detuvieron y el caballero ayudó a salir al hombre llevándole cogido del brazo guiándolo hasta entrar en una casa, descendieron unos escalones, y entraron en un lugar que debía ser un sótano, pues olía fuertemente a humedad. Entonces el caballero le quitó la venda de los ojos, a la luz de unas velas encendidas, pudo entonces el albañil tratar de ver la cara de su acompañante, como en la calle Marques de Mina no había alumbrado no se había percatado de que llevaba un antifaz que le cubría el rosto. El descubrir estos detalles asustó al honrado Esteban Pérez, pero disimuló el miedo lo mejor que pudo. El caballero le condujo al extremo del sótano y entonces vio algo Esteban que todavia aumentó más su terror. En una especie de pequeña habitación o alacena, habia una mujer sentada en una silla, amarrada con cuerdas y amordazada. El caballero ordenó con voz dura e imperiosa al albañil:
- Levante usted un tabique ante la puerta de esa alacena.
Temblándole las manos y doblándosele las piernas del pavor que le embargaba, el albañil comenzó su trabajo, con los materiales que tal y como le habia anunciado su acompañante estaban amontonados en el suelo. Mientras hacía los preparativos observaba que la mujer lo miraba con los ojos llenos de espantoso terror.
Levantó el tabique, lo enfoscó y enlució con yeso, dejándolo donde quedaba sepultada una criatura.
- Si de ésto sabe álguien una palabra, puede usted contarse entre los muertos. - Seguidamente le entregó cinco monedas de oro, que aunque representaban una pequeña fortuna para el modesto albañil, no le produjeron el menor entusiasmo. Se dejó vendar los ojos sin protestar.

Volvió el hombre a sacarlo de alli, subiendo los mismos escalones, pasando el mismo zaguán enlosado, hasta el coche, donde cerró igual que antes las cortinillas, y luego durante una larga hora le condujo por el mismo itinerario de calles, detuvo el carruaje y ayudó a bajar al albañil quitándole el pañuelo de ante los ojos. Al despedirse le enseñó nuevamente el revólver reiterándole la advertencia de que le mataría si hablaba.

El albañil entró en su casa alterado y pesaroso de lo que acababa de hacer, y se volvió a acostar en silencio. Su mujer lo notó, pero él no quiso contestarle y se volvió de espaldas intentando conciliar el sueño. Sin embargo, pasado un rato y ante las insistentes preguntas de ella, Esteban no pudo seguir guardando silencio y le contó el terrible suceso que le había ocurrido.
-Pues tu no puedes callarte, porque eso significa convertirte en cómplice de un crimen. Lo que tienes que hacer es irte corriendo a dar cuenta al juez de lo que ha pasado.
Esteban Pérez comprendió que su mujer tenía razón, y se vistió para salir, fueron juntos a buscar la alcaldía de barrio donde les informaron donde vivía el juez de guardia, que era aquel dia Pedro Ladrón de Guevara.
Esteban contó lo sucedido, y el Usía preguntó vivamente preocupado:
- ¿Qué tamaño tenía la alacena donde usted emparedó a la mujer?
-Pues como tres varas de largo por tres de ancho y unas cinco de altura.
- Entonces la mujer tendrá aire para respirar durante unas cuatro horas. Tenemos que averiguar antes de que amanezca dónde esta la casa- observó el juez.
Y tomando diligentemente su sombrero de copa y embutiéndose en la levita añadió: - Vamos ahora mismo a empezar las diligencias. En primer lugar ¿usted no podría deducir por el camino que ha recorrido en el coche dónde lo han llevado?
- No señoría, mucho lo intenté, pero me fue imposible seguir el hilo del trayecto.
- ¿ No tiene usted ningun indicio, de algun ruido de molinos, presas, o algo que pudiera servirnos de indicación?
- N0 oí nada. Calculo que hemos andado como tres leguas, y ahora que Usía lo dice, me extraña que no hayamos pasado por ningún lugar donde se oyera el río, ni los molinos que hay en él.
- Entonces la cosa es difícil. Los pueblos que hay a distancia en tres leguas tienen todos durante la noche funcionando sus molinos, y en Alcalá de Guadaira el ruido de las panaderias no le hubiera pasado inadvertido. Otra pregunta ¿ Tiene usted el mismo calzado que llevaba?
- Llevo el mismo, y si lo dice por si se me ha pegado barro en las suelas, ya me fijé en ese detalle.
- ¿no escuchó usted algunas campanas de algún convento que tocasen maitines o algun rezo nocturno? podría ser que hubiera usted pasado por San Isidoro del Campo o por algún monasterio semejante.
- Ahora que me dice Usía esto, si recuerdo un detalle. Mientras estábamos entrando en la casa, oí dar la una en un reloj de torre.
Por cierto, que pensé si sería la una o si sería un cuarto, pero después, cuando estaba trabajando oí dar el cuarto, lo que me aseguró de que la primera hora que escuché fue en efecto la una.
- Bien, tenemos un indicio. tendremos que empezar por buscar al relojero de la ciudad.
Salieron hacia la calle Gallegos, donde vivia don Manuel Sánchez, relojero de la ciudad y del palacio de los Duques de Montpesier. El juez explicó en breves palabras a don Manuel el asunto, pidiéndosele su colaboracion, el relojero dijo:
-Relojes de torre que den los cuartos con una sola campanada, no hay ninguno en pueblos, que estén situados a tres leguas de Sevilla. Los conozco muy bien y todos son relojes modernos de doble campanada en los cuartos y en las medias.
- Esto quiere decir que no le han llevado a usted a ningún pueblo- observó el juez dirigiéndose a Esteban. -durante el trayecto en carretera, ¿se fijó usted si daban vueltas hacia los dos lados, o siempre giraban hacia el mismo?
- Pues ahora que caigo, siempre girábamos a la derecha.
- Una hora entera, y girando siempre a la derecha, no es camino a ningun sitio. Le han estado a usted dando vueltas por la Ronda alrededor de Sevilla, para desorientarle. La verdad es que podemos suponer, que no le han sacado a usted de la ciudad.
-Pues es verdad -asintió Esteban Pérez.
-¿y cuáles relojes, de esas características, hay en Sevilla?- preguntó el juez a don Manuel.
- Hay muchos.
- Pués los habremos de comprobar todos, don Manuel... véngase con nosotros, para que los haga usted sonar, y pueda este hombre identificar por el oído cuál reloj fue el que escuchó hace un rato.
Rápidamente, con la premura del tiempo que les quedaba para evitar que la mujer emparedada se asfixiase en su estrecha cárcel, don Manuel Sánchez, su hijo Sánches Perrier y el oficial relojero don Eduardo Torner, a quién despertaron para que les ayudase, fueron recorriendo una por una las torres de la ciudad donde había relojes públicos, despertando a los sacristanes para que les franqueasen el acceso, y adelantaban manecillas para hacer sonar un cuarto, mientras abajo en la calle, el albañil se esforzaba en reconocer el sonido de las campanas.
Así estuvieron en el Ayuntamiento, en la Universidad, en el Palacio de San Telmo, en la Casa de Correos, y en varias iglesias incluyendo la Santa Catedral. Ya estaban adelantados al repetirse una y otra vez las negativas del albañil, cuando en la plaza de San Lorenzo, Esteban Pérez al escuchar el reloj le dijo al juez con una viva alegria:
-No cabe duda, ha sido el reloj de San Lorenzo.- y añadió- ¡ pero que brutísimo soy! mira que ser el reloj de mi barrio y no haberlo reconocido entonces. Claro que por lo nervioso que estaba no eché cuenta de ello.
Ya estaba la mitad del misterio aclarado, ahora faltaba la otra mitad ¿qué casa próxima a la iglesia de San lorenzo sería la que buscaban? el juez requirió al alcalde del barrio, quién manifestó: - casas que tengan sótano, cercanas a la iglesia no creo que haya más de dos. La una en la calle Santa Clara, y la otra en la misma plaza de San Lorenzo.
Se dirigieron a esta ultima, y el juez llamó a la puerta sin obtener respuesta, salió una vecina de la ventana próxima e informó de que no había nadie en la casa, el dueño había salido en su coche de caballos con varias maletas.
Mandó el juez a la vecina que bajase y alli la interrogó el juez sobre el dueño de la casa en cuestión. La vecina, le describió de suerte, que esteban Pérez pudo convenir en que era el mismo sujeto que le había sacado a deshoras de su casa.
No cabía duda, pués, que después de sus fechorías, el criminal se daba a la fuga.
Mandó el juez al albañil que trajera una barra de hierro o una piqueta, lo que hizo sin tardanza. Entraron en la casa, y en efecto había un sótano al que se bajaba por unos escalores desde el mismo zaguán. Violentaron tambien la puerta del sótano, entraron en él y al fondo el albañil tanteo la pared y se la indicó al juez diciéndole: - Vea su señoría cómo todavia esta húmeda la mezcla que puse hace tres horas.
Derribó Esteban Pérez el tabique y apareció ante los ojos del juez y de sus acompañantes la mujer emparedada, que todavía estaba viva aunque desmayada.
Mandó el juez al agualcil que llamara al boticario de San Lorenzo y que trajera sales para reanimar a la señora, y cuando ésta recobró el conocimiento, contó la historia de lo que había sucedido.
Era hija del dueño de una de las confiterias que había en La Campana, y habiendo cumplido los treinta años se daba ya por solterona irremediable, cuando vino a Sevilla un caballero de edad madura muy rico, quien la pretendió, y como no tenían porqué esperar, se casaron en breve tiempo. El caballero venía de cuba, según le habian contado tenia plantaciones de caña y azucar que le proporcionaban abundantes rentas.
A poco de casarse se manifestó él tan celoso que la tenía encerrada sin permitirle salir más que a misa, y eso acompañandola él. Nunca le consistió hacer visitas ni recibirlas.
El día anterior había regresado de Cuba un primo de ella, militar, que durante algunos años estuvo en la guarnicion de La Habana y por la tarde habia ido a visitar a su prima, la que lo recibió no estando su marido.
Por la noche, él enfureció porque su esposa recibió al pariente a pesar de la prohibición, la obligó a escribir una carta comunicando a sus parientes que se marchaba a Cuba con su esposo, y después de hacer esto, la hizo bajar al sótano en donde la amarró y amordazó, teniéndola allí hasta que vino el albañil y la emparedó, como ya sabemos.
Envió requisitoria el juez a las ciudades de la costa, con el fin de apresar al fugitivo y con tan buena fortuna que le detuvieron en Cádiz cuando ya estaba embarcado en un buque que iba a zarpar con rumbo a La Habana.
Cuando declaró, ya en Sevilla, comunicó que nunca habia tenido tales plantaciones azucareras, sino que habia sido verdugo en La Habana, y que con ejecuciones de muchos reos ganó mucho dinero, para ganar más, éste denunciaba falsamente a personas acusandolas de revolucionarias. Finalmente a los que tenían dentaduras de oro, o conservaban prendas de valor se las quitaba tras ejecutarlos.
Aquí se afincó para acabar sus días, pero cuando se enteró que su esposa tenía un primo en Cuba, pensó que todo acabaría por descubrirse, por lo que fingiendo estar celoso, apartó a su mujer de toda convivencia con su familia, y más tarde cuando supo que el pariente habia estado en su casa, pensó que todo estaba a punto de descubrirse, por lo que quiso deshacerse de su mujer, emparedandola, y no la mató por sus propias manos, porque en los ultimos tiempos, recordando las ejecuciones, tenía pesadillas y remordimientos y ya no se atrevía a matar a nadie.
El verdugo de Cuba, por el intento de matar a su mujer emparedándola, y por los crímenes que haíia cometido fue condenado a muerte y ajusticiado en el patíbulo de "Azotilla del Populo", dónde le dieron garrote vil como él lo había dado en La Habana a tantos infelices. La emparedada de San Lorenzo volvió a casa de sus padres, y vendio el edificio donde tanto había sufrido. Pasado algún tiempo este edificio vino a ser Jefatura de Obras Públicas, y ahora sobre su solar, se ha levantado la nueva basilica de Nuestro Señor del Gran Poder.
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